‘No somos animales’, se lamentan los migrantes desesperados en Moria



Unos se preparan té, otros intentan dormir entre el calor y el cansancio de pasar una semana a la intemperie, pero todos se preguntan por qué los tratan “como animales”. En la isla griega de Lesbos, los migrantes que lograron escapar del incendio del campo de Moria esperan desesperados que Europa les abra las puertas.

Ange, de 23 años, llegó de la República Democrática del Congo hace casi un año. Ingeniero mecánico en su país, ahora sobrevive en el arcén de una de las carreteras donde malviven los migrantes desde hace una semana.

Cerca de él, se pueden ver algunas tiendas de campaña instaladas rápidamente en el aparcamiento de un supermercado o en una gasolinera. Decenas de niños juegan al balón o incluso algunos se acercan al mar.

“¡Estamos en el siglo XXI! Los supermercados está cerrados, no hay baños... ¿Cómo tratan a la gente?”, se pregunta, mientras mira a su alrededor. “No somos animales. ¿Cómo vamos a vivir aquí?”.

En la zona, no hay ni baños, ni agua, sólo algunas distribuciones de comida y una clínica provisional instalada por Médicos Sin Fronteras, unas medidas de urgencia tras la evacuación de las 12 700 personas que oficialmente vivían en el campo insalubre de Moria antes del incendio.

“Necesitamos que Europa nos ayude a salir de aquí”, implora Ange. “Desde el martes, vivimos así. Si fueran sus hijos, ¿aceptarían estas condiciones?”.

Un nuevo campo, todavía en fase de construcción, tiene que acoger de forma temporal a miles de supervivientes de Moria. Pero hasta ahora, solo un millar de personas se han instalado en él.

Las tiendas se construyeron las unas contras las otras, gracias a efectivos militares que acudieron de refuerzo al lugar.

Cerrado casi totalmente a la prensa, el nuevo campo se encuentra a pocos metros del mar, en un terreno arenoso y a veces empinado. Esta situación hace temer lo peor, ahora que se avecinan las lluvias otoñales.

“Sólo si vienen al campamento, los procedimientos para dejar Lesbos se terminarán”, se puede leer, en varios idiomas, en los carteles en la entrada de las nuevas instalaciones.

A pesar de estas advertencias y de las promesas de seguir examinando las solicitudes de asilo, la familias se presentan con cuentagotas a la entrada del recinto.

No hay “alojamiento decente, ni comida, ni agua”, resume Simine Ahmadi, de 22 años, que llegó de Afganistán con su familia hace un año. “Todo el mundo quiere quedarse aquí”, en la carretera, y “nadie quiere ir al nuevo campamento”, dice esta mujer.

A su lado, en una tienda improvisada donde viven hacinadas ocho personas, Samira, de 21 años, estalla de rabia contra la comunidad internacional, Grecia y Europa. Y luego rompe a llorar.

“Por favor”, suplica a los países europeos, “abran las puertas”. “Somos seres humanos, no somos animales”. Los niños “son muy, muy importantes para el futuro. Por favor, ayúdenlos”, dice.

Un poco más arriba en la carretera, Vany Bikembo, de 25 años, dejó Kinshasa por Lesbos, donde llegó hace un año. Desde el incendio, hace una semana, “no ocurre nada. No hay agua, no hay comida... nada de nada. El gobierno griego nos ha dejado aquí” , se queja este hombre. “¡Soy un ser humano, tengo derecho a trabajar, tengo derecho a hacer alguna cosa!”, exclama.

Pero eso no quiere decir que tenga que aceptar ir al nuevo campo. Lo que Vany quiere es irse de Lesbos. Porque estas nuevas instalaciones son “un segundo infierno”, después del de Moria. Prefiere esperar al raso, en la carretera, que Europa abra sus puertas.


Hasta la fecha, sólo el gobierno alemán, presionado por la opinión pública, anunció que acogería a 1 500 de estos migrantes.


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