La inequidad política se puede medir



La pobreza está correlacionada en 56% con la inequidad política, en un 58% con el salario que reciben las máximas autoridades públicas de un país y en un 61% con la devaluación de la moneda de dicho país.

A su vez, a mayor sueldo de las máximas autoridades de una nación, hay un 87% más de probabilidad de pérdida del poder adquisitivo de la moneda de dicho país.

Un equipo de investigadores ecuatorianos y latinoamericanos desarrolló el Índice ADN- de Inequidad Política, con el cual también se demuestra la relación entre el hambre y las brechas de sueldos entre los políticos y los ciudadanos.

Este nuevo indicador fue publicado en la plataforma Politics’ Pub, de ADN@+, un grupo libertario que busca predecir cómo la brecha de ingresos entre los políticos y los ciudadanos quita espacios de desarrollo libre a los segundos. También establece cuánto se restaría de competitividad internacional a los ingresos de las familias si el fisco menoscaba el valor de la moneda.

Este Índice fue presentado en septiembre del 2019 en Chile y 10 países de América. Están incluidos 29 países, de los cuales 18 son latinoamericanos.

Los resultados muestran que un legislador gana hasta casi 50 veces el ingreso mensual de un ciudadano promedio.

La primera pregunta que surge es cuánta inequidad política es aceptable. A través de modelos econométricos, se determinó que la diferencia aceptable es de 6 a 1, aunque la ideal es de 2 a 1, como ocurre en los países más desarrollados.

En el caso aceptable, la subsiguiente pregunta sería si un político puede ser seis veces más productivo que un ciudadano promedio. La respuesta lógica es que quizá sí, siempre que lo justifique con conocimiento, capital, logística, tecnología, relaciones y otros elementos que eleven su productividad.

Y si ocurre lo anterior, la pregunta lógica sería si un político seis veces más productivo puede entregar resultados seis veces mejores al gobernar.

La mejor forma de medir la productividad de la clase política es comparar el ingreso de las máximas autoridades y revisar los resultados de la gestión a nivel agregado en una muestra de países.

Los latinoamericanos vemos que los políticos reciben no solo autos para moverse más rápido hacia sus reuniones, sino que además reciben teléfonos para elevar la productividad de sus apretadas agendas, tienen asesores, secretarias, conserjes, oficinas, equipos de comunicación, personal de seguridad, acceso a tarjetas VIP para vuelos entre ciudades y a veces aviones especiales para su uso exclusivo.

La investigación muestra que el sueldo mensual de un legislador medio llega a ser no solo 6 veces mayor, sino hasta 11 veces el sueldo de un ciudadano medio en varios países de la región. Esto es negativo, pues viene atado y correlacionado a problemas sociales no resueltos, que siguen insistiendo en una vieja solución que no funciona: pedirle al Estado que resuelva lo que aparentemente ha sido creado por la falta de diálogo entre los diversos sectores. Cuando estos últimos llegan a la conclusión de que la hoja de ruta es insistir en más gasto público, o más poder para el Estado, entonces estamos ante un problema que se retroalimenta y crea un círcu­lo vicioso de subdesarrollo.

Tras revisar la data investigada, la conclusión es clara: encargarle al Estado los problemas y darle todos los recursos, los cuales salen de los hogares, las empresas, las comunidades, etc., es como buscar una solución de esquina.

El caso más extremo que provee la data estudiada en términos de nula inequidad política es la solución de extrema izquierda: con cero inequidad política. En países de ese tipo, que optan por una “dictadura benevolente” se supone que, en su benevolencia, no recibiría nada por su actividad.

Cuba y Venezuela lo hacen así, según se ha consultado en los sitios de los parlamentos del pueblo y los reportes oficiales pertinentes. En dichos países, donde la ideología reina, la inequidad política es inexistente; pero, claro, el hambre o los bajos ingresos son generales.

Otra solución es aquella donde un personaje manda por sobre los demás, como sucede con el denominado populismo. Esto es lo que ocurre en Haití o Tanzania, donde la inequidad política es máxima y, además, hay hambre y otros problemas de insostenibilidad en general.

En nuestro trabajo dejamos esos casos extremos y miramos las tendencias centrales a través de modelos econométricos (https://tinyurl.com/adn-index). Para este estudio el equipo partió de un muestreo no aleatorio en 29 países donde los investigadores habían tenido interacción o habían trabajado en entrevistas con expertos y autoridades de Estado, empresas y comunidades, más otros líderes de la academia y medios, oenegés y sociedad civil y especialistas de organismos internacionales.

La econometría nos permitió comprobar la hipótesis de que hay un rango aceptable de inequidad política, que requiere eliminar los sesgos que se han identificado numéricamente en casos extremos como los de Cuba, Venezuela, Tanzania y Haití, siempre dentro de la muestra seleccionada.

Si se incluyen los casos extremos, la media de inequidad política es de 11 a 1. Econométricamente se pudo observar que la relación de mejor ajuste se lograba cuando la media de inequidad era de solo 6 a 1.

Las lecciones del estudio señalan que para el índice de Ine­quidad Política no es lo más adecuado trabajar con una muestra de 29 países que entregan la media de 11 a 1 (obtenida estadísticamente) sino que se debe seleccionar, con base en el criterio de expertos consultados, una muestra más pequeña pero igualmente comparable e incluso con mejor calidad media, como la obtenida econométricamente.

Tras este análisis, el aprendizaje es que los ciudadanos debemos acotar el núcleo de países con los cuales mirarnos.

Los países dentro de los cuales se sugiere comparar políticas públicas, pero sobre todo modelos de funcionamiento como sociedad, funcionará de mejor manera si se excluyen los casos extremos no solo de Tanzania y Haití, sino también de Ghana, Honduras y Sudáfrica, donde la relación de inequidad política supera 20 a 1.

Es decir, el índice provee un método de selección de países comparables para introducir programación de políticas, tratando de evitar un sesgo excesivo, al optimizarse por comparaciones que deben ser precisas, la calidad del ajuste de políticas, creando un incentivo para que los países tomen también en serio la inequidad política, y se cuiden de mantener una relación adecuada de brecha entre salarios de políticos y salarios de ciudadanos.

Para los fines pertinentes, y dado que el interés de nuestro grupo de investigadores era comparar modelos dentro de la región, decidimos no excluir de la data a Venezuela o Cuba, donde la relación es nula, quedando la muestra reducida a países -dentro de los 29 originales- done el Índice de Inequidad va desde cero hasta un valor menor a 20.

Así, obtuvimos que el ingreso mensual de un político promedio en la región y en los países hacia los cuales miramos como posibles modelos, parece ser de 6 veces el ingreso ciudadano mensual.

Pero lo anterior implica que un ciudadano que trabaje 12 horas solo podrá apropiarse del fruto de dos horas de dicho trabajo. Esa relación crea no solo desigualdad política entre políticos y ciudadanos, sino algo que también mostramos econométricamente: la inequidad política tiene una correlación con el hambre en los hogares y, además, hay evidencia econométrica de que esa correlación es causal.

Entonces, ¿cómo salir de esta inequidad política?

Para hacerlo, conviene ver las cifras que arrojan los países más desarrollados, donde esa inequidad llega a una relación 2 a 1. Según esto, China, Reino Unido y Suecia muestran un modelo que se debe seguir.

Aunque eso es lo deseable, no se puede esperar corregir esa inequidad de la noche a la mañana. En la región, un nivel de 15 en adelante ya es de preocupación, como ocurre en El Salvador, Colombia, Bolivia y Nicaragua. Ecuador tiene 11 y estaría más cerca de llegar al umbral de preocupación.

El Índice ADN- también funciona para estudiar si la brecha entre el ingreso de un político y sus ciudadanos reduce el hambre. En este sentido, la data nos enseña que el modelo ideal parece ser el de Suecia y el de Reino Unido, con menos desigualdad política, mayor ingreso y menor hambre.

En conclusión, es peligroso para los más pobres seguir el juego de la igualdad que prometen los políticos en época de elecciones, ya que ellos solo pasan a ganar más y se alejan más de los ciudadanos.

A veces, dejar que hablen los datos es la mejor medicina para tomar elecciones políticas adecuadas, que no solo generen efectos económicos de corto plazo, sino sociales estructurales de largo plazo.

*Economista, CEO de Hexagon Group Latam/UK/Global.


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